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la ciudad cultural

La construcción histórica de la ciudad

La ciudad se registra en la memoria colectiva de quienes la habitamos. Es el imaginario sobre el que se funda la razón de pertenecer a un contexto determinado. Es la identidad y la diferencia que deviene uso y significado al nombrarla, vivirla, morirla, pensarla.

A finales del siglo XIX, la ciudad hace suya la palabra que la nombra y Monterrey se vuelve escenario del auge social e industrial.

Para nuestros días, lo que tenemos o lo que entendemos como ciudad es la imagen retratada mediante el registro fotográfico que se inicia a principios del siglo XX. En él, se retrata la ciudad que nace gracias a la industrialización, pero además, se plasma el des-arraigo de lo que deja de ser ciudad.

Se manifiesta constante necesidad modernizadora de oponer lo viejo ante lo nuevo, esa incesante urgencia por ingresar al banquete mundial. De los paisajes campiranos del Cañón de la Huasteca, del Cerro del Diente, del Tanque de Guadalupe o de la Hacienda de San Bernabé; las imágenes se trasladan a la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, a la Cervecería Cuauhtemoc Moctezuma o la Compañía de Cementos Mexicanos. Desde entonces, la construcción histórica de la ciudad comienza a plasmarse en imágenes que devienen memoria colectiva y un imaginario que representa a la ciudad y a quienes la habitan.

Para el naciente nuevo siglo, la ciudad de Monterrey es parte ya de un escenario de futuro promisorio, de avances económicos y de esfuerzo creador. La vida social se afianza en la medida en que la ciudad ofrecía a los habitantes espectáculos artísticos. Y aparecían el Teatro Juárez, después el Independencia, el Casino Monterrey, los desfiles, los eventos conmemorativos, las visitas presidenciales. Monterrey comenzaba así, a entrar al escenario de la vida nacional y por qué no; cultural.

Por sus calles transitaban carretas tiradas por animales de carga y modernos tranvías. En el centro de la ciudad, las avenidas nacían como el escaparate del comercio local, nacional e internacional. Las vitrinas de los negocios ofrecían mercancías de diversas regiones del país y del extranjero.

Este era el Monterrey moderno y aparecieron entonces las sociedades mercantiles y el primer banco que operaba con capital financiero nacional. Y apareció el tranvía eléctrico y la Compañía de Luz y Fuerza, la Vidriera Monterrey, una compañía telefónica, Fabrica de Galletas y Pastas, Fábricas de Hilos y Tejidos, etcétera.

Por lo anterior se construye el mito fundante que da origen y sentido del ser regiomontano, nace y se construye cíclicamente la razón social de la ciudad y de su idiosincrasia, es decir, la pujante necesidad del ‘estar mejor’, la vida cotidiana que encierra la unidad fundamental de la ciudad que permea todos los ámbitos de la vida social regiomontana: el trabajo, el esfuerzo, el progreso.

El Río Sta. Catarina es la frontera simbólica que delimita el nosotros y los otros. Frontera que vuelve diferente a quienes habitan un mismo territorio. El Barrio de San Luisito pertenece a los otros, el pequeño imaginario que no siendo de la ciudad se traslada desde otro punto del país para habitarla. Este barrio es la contraparte de lo que significa la ciudad, son los que están del otro lado del río. El Puente de San Luisito enmascara lo diferente e intenta incorporar como fuerza de trabajo en la dinámica industrial a los habitantes de lo que no es la ciudad.

Comienza a perfilarse el Monterrey antiguo frente al moderno. En el primero de ellos, los Ojos de Agua son el escaparate del uso público de la ciudad. La Plaza del Colegio Civil y la Alameda funcionan como catalizadores de pertenencia a una ciudad que comienza a deshacerse del pasado.

El primer cuadro de la ciudad comienza a crecer junto al orden y al progreso que trasmiten la industria y sus barrios aledaños al norte y al oriente de la ciudad.

El Monterrey moderno se plasma en los baños públicos, en la Penitenciaría del Estado, en la Plaza Zaragoza, en los grandes hoteles, en la Calle del Comercio, en la estación del Ferrocarril, en el Hospital Monterrey; en el Monterrey Industrial, así a secas.

En este desarrollo, la ciudad va aumentando su extensión demográfica y para 1930 ‘se divisa el panorama’ de la naciente Sultana del Norte como aquél escaparate del progreso y la modernidad industrial. Ya para el mismo año, la ciudad extendía sus venas con la inauguración de la carretera Monterrey – Nuevo Laredo.

El auge del ferrocarril extendía aún más la ciudad hacia el norte, principalmente con las estaciones La Unión y Del Golfo, cruce y transito diario de viajeros. Hacia este sector se respiraba un aire diferente al que se percibía en el centro de la ciudad que para ese año continuaba siendo alrededor de la Plaza Zaragoza, los Ojos de Agua y el Palacio de Gobierno. En la zona norte la vida cotidiana era diferente: la colonia Industrial, la Sarabia, el barrio de Matehualita y el Nacional “indicaban una nueva vida urbana de gran transito alrededor de la central del ferrocarril” (Garza, 1996, 41)

De esta forma se inician las congregaciones con características urbanas como son las colonias habitadas principalmente por familias de obreros. Surgen así la colonia Treviño, Terminal y Obrera.

Este era el crecimiento que comenzaba a desfigurar el primer cuadro de la ciudad. Por otro lado, y con una visión modernizadora se planean ya para 1930, ‘modernos desarrollo urbanos’ como lo fueron la colonia Roma, Obispado, Maria Luisa y Vista Hermosa.

Predominaban a su vez paseos cotidianos de los habitantes de la ciudad como los baños de aguas termales del Topo Chico, los Cines, las Carpas, las funciones de box y lucha libre, referentes de los lugares en el uso del espacio público de la ciudad.

Para la década de los treinta y cuarenta, comienza a constituirse el mayor esplendor modernista de la ciudad, con el inicio de construcciones de grandes dimensiones de carácter público, por ejemplo; escuelas públicas posrevolucionarias entre las que destacan la Presidente Calles, la Escuela Revolución, otros edificios públicos como el Hospital Civil, el Palacio Federal o los cines de grandes dimensiones como el Reforma, el Encanto o el Monterrey. Tiempo después, y de gran importancia por sus resultados a nivel nacional fue la construcción de la nueva iglesia de la Purísima, inaugurada el 14 de Febrero de 1946, ganando el Premio Nacional de Arquitectura.

Con estas grandes construcciones se intentaba plasmar la solidez de una ciudad a través de sus avances arquitectónicos, simbolizados en suntuosas construcciones de uso público.

Para entonces, la ciudad devenía planeación urbana y desarrollo económico. A la vez que en el centro de la ciudad se erigían los primeros edificios donde se instalarían oficinas y tiendas comerciales. Hacia el norte de la ciudad, sobre la avenida Madero, que se le denominó “Calzada Madero”, se instalaba el primer corredor comercial de la ciudad donde se mostraba la segunda etapa del auge en la ciudad, donde el andador al centro de la avenida era referente imprescindible del uso público del espacio urbano por parte de los habitantes de la ciudad.

En este mismo aspecto, e intentando confabular en un solo proyecto lo moderno y lo clásico de la vida urbana, comienza a configurarse un diseño del espacio público que aglomeraba en un solo punto el diseño urbanista de la década de los cincuenta: la remodelación de la Plaza Zaragoza en un estilo modernista, con una fuente espejo al centro de la plaza.

Para la década de los setenta aumenta considerablemente el flujo vehicular, la densidad demográfica y la inestabilidad política frena las visones modernizadoras a ultranza.

Es entonces cuando la ciudad presenta un rostro revitalizador. En la década de los ochenta, la ciudad se vuelve escaparate de la sociedad de masas. Grandes eventos, masificados principalmente por la televisión, acapararon el escenario de la ciudad.

Un rostro que la ciudad presentó con temprana avidez fue la construcción de la primera Plaza Comercial denominada Galerías Monterrey al poniente de la ciudad, lugar al que “todos van pero nadie saluda” (Garza, 1996, 231) y que perfilaba el sentido de los shopping centers a principios de la década de los noventa.

Para ese entonces la ciudad era de los medios de comunicación y se ahogaba en sus mediaciones y en los espectáculos masivos. Poco a poco, los avatares de habitar la ciudad trasladaban los usos del espacio urbano público a la sala del hogar frente al televisor.

El deterioro del primer cuadro de la ciudad dejó atrás los barrios y las calles peatonales, las plazas dejaron de ser visitadas y los mercados populares céntricos daban el paso a grandes edificios.

Nacía para 1984 un proyecto revitalizador del uso del espacio público urbano: la Gran Plaza, proyecto que regeneraba el uso público de la ciudad como lugar de paseo para sus habitantes.

La década de los 1990 reflejaba de nueva cuenta, como en el siglo anterior, el auge comercial con la apertura de varias plazas comerciales, la nueva calle de comercio: Morelos y el Barrio Antiguo renacía con un proyecto que revitalizaba sus calles y sus viejos edificios. Se recuperó el sentido de los ojos de agua con el Paseo Santa Lucía y el Museo de Historia Mexicana daba pié a un ambicioso proyecto que presenta una obra de interés público.

El proceso histórico aún continúa y la ciudad tiene constante movimiento. Las imágenes que en su inicio le dieron vida ahora se transforman, se refunden en nuevos escenarios contemporáneos de la ciudad.

La memoria colectiva se centra en la ciudad, en la metrópoli y es ella quien resume todos los tiempos, los avances y retrocesos que le dieron nombre, porque “es la ciudad, sin duda alguna, la mejor narración del tiempo transcurrido” (Moyseen, 1996, 201)

Un tiempo transcurrido en donde los habitantes significan el carácter de la ciudad y las imágenes son el referente de lo que existió y ahora perdura.

La historia se modifica, en un principio fue el auge modernizador y los avances industriales tecnológicos, después fue el periodo contemporáneo de la densidad urbana y sus complicaciones socioespaciales.

Ahora, a principios del siglo XXI, el proceso de globalización instaura un nuevo esquema desde donde tienen que captarse las imágenes: es en esta etapa en donde lo local se desterritorializa y las imágenes se modifican.

Si en su momento fueron las chimeneas y los hornos industriales los únicos referentes del auge modernizador de la ciudad, ahora también emblematizan la ciudad las imágenes posmodernas de edificios de grandes vidrios reflejantes y estructuras de aluminio en donde las telecomunicaciones predominan junto a compañías trasnacionales. Los grandes anuncios panorámicos de marcas comerciales de todas partes de esta vida planetaria ponen de manifiesto los avances comunicacionales y de marketing.

Las industrias culturales redimensionan el uso del tiempo y del espacio en la ciudad. El espacio público urbano se redimensiona. Los usos de la ciudad se reconfiguran. Las prácticas y hábitos de vida urbana están más definidos por proceso tecnológicos y mediáticos que por interacciones directas entre los habitantes de la ciudad.

En la era global, la ciudad de las montañas gana terreno. La construcción histórica de la ciudad continúa, pero es preciso detenerse y reflexionar su crecimiento, sus alcances y niveles de satisfacer las demandas de quienes le dan vida. Todos somos la ciudad, la ciudad es metáfora del hombre contemporáneo, la ciudad es nuestra, “la ciudad es entonces compañera íntima, rito sagrado, metáfora, espejo, acto amoroso, viaje mítico, obra de arte colectivo, juego y realidad virtual. La ciudad se ha vuelto para el hombre contemporáneo una sintonía de voces, tiempo y espacios que se yuxtaponen para conformar esa polifonía donde cada uno de nosotros, sus habitantes, cobramos vida” (Parra, 1997, 65).


El significado de habitar la ciudad.

¿La ciudad es un mundo o el mundo se está convirtiendo en una ciudad? Todo el planeta se está convirtiendo en una ciudad mundo. La mayor parte de la población en el planeta habita en ciudades.

Se dice en el sentido común que aquellos que viven en grandes ciudades, son gentes de mundo. La ciudad, con las características con las que la conocemos ahora, -global, multicultural, polisémica- otorga un título para quien la habita de ser ciudadano, habitante explorador de significados, conocedor de puntos distantes de su entorno, es en suma; ciudadano del mundo.

Diversos autores (Sassen, Augè, Canclini) han aprovechado el renacimiento de las ciudades como lugares para identificar y estudiar las distintas formas en las que se manifiesta el desarrollo de la sociedad. Otros (González, Signorelli, Monsiváis) estudian de manera más específica, las distintas y desniveladas formas en que fiestas populares, proyectos comunitarios y transeúntes en general van construyendo de manera cotidiana y vivencial, el significado de habitar la ciudad.

La ciudad es un hecho social, significa y hace significar a quien la habita, es en suma “un fenómeno social total que circunscribe, delimita y conforma de manera contradictoria, practicas económicas, políticas y culturales imbrincadas en los grupos o clases sociales” (González,1994,89) Otorga, cataloga, distingue a aquellos que la caminan, que la nombran. Es un objeto (social) cultural no identificado. La ciudad sirve para vivir y habitar. La ciudad señala, muestra lo que los hombres quieren nombrar, lo que los grupos o clases sociales intentan imponer por medio de sus edificios, calles o monumentos.

La ciudad es un fin y un medio. Sirve para pensar, es ella, en síntesis; la que nos otorga un mapa de significado al habitarla. La ciudad, al igual que un texto, puede leerse y reinterpretarse según sea el momento histórico. Lo que me ocupa en estos momentos es definir y redefinir cual es el punto en el que se encuentra la ciudad de Monterrey y sobre qué escenario se presenta su desarrollo y cuáles son las perspectivas, desde el ámbito de la cultura y el desarrollo que permiten una forma más democrática para habitarla y vivirla.

En esta época en la que nos toca vivir es imprescindible elaborar estudios sobre cultura urbana. Estudios donde sea determinante tomar a la ciudad como objeto de análisis y los factores que hacen posible su cambio. Un ejemplo claro de ello es lo que entienden por ciudad quienes la proyectan, los que la administran y los que la habitan.

Actualmente, los modelos más utilizados para estudiar los procesos urbanos se relacionan más a los avances industriales y tecnológicos, a procesos economicistas y demográficos. Esta tendencia dibuja mapas rígidos y densos del significado estructural de la ciudad. Es necesario tener en cuenta que la ciudad no solo es una aglomeración de calles, edificios, parques, casas, vehículos, centros comerciales, industrias, etc. sino que también viven en ella seres humanos que la dibujan en su memoria a través de los relatos que hacen, en las maneras de caminarla, en los itinerarios que utilizan para recorrerla, ya sea disfrutándola o sufriéndola.

Jorge González (1994) enfatiza esta observación al señalar dos grandes mapas sobre los que los acercamientos teórico – metodológicos se han basado y para lo cual propone un tercero. Señala que “en lo económico (la ciudad)… nos aparece como una unidad geoeconómica de producción, distribución y consumo; desde el punto de vista político, la ciudad representa una unidad geopolítica de organización de la convivencia y la cohesión social” (González,1994,89)

Señala, además, la pronta necesidad de ubicar la perspectiva ideológica-cultural de la ciudad para entenderla ya que “una ciudad también puede ser analizada como una unidad geoideológica de construcción y reconstrucción de sentidos” debido a “los usos sociales de la ciudad por parte de los distintos clases o grupos (sociales, edad, sexo)” por lo que es pertinente “intentar realizar un esquema acerca del espacio social de la ciudad y sus transformaciones, apuntalado principalmente por el análisis de la distribución del capital cultural” (1994,96)

De esta forma, se podrán entender las diferentes y contradictorias (a veces) formas en las que la ciudad se constituye. Entendiendo y compartiendo las distintas formas de percibir la ciudad, podrá elaborarse de manera más congruente un modelo de ciudad más democrática y participativa.

El enfoque cultural permite descubrir los mapas de la ciudad que los habitantes de ella realizan. Imaginarios urbanos construidos a partir de su memoria histórica y de su cotidianidad específica, relatos que resumen como un texto el significado de la vida urbana.

Es imposible delimitar físicamente el espacio social de la ciudad. Algunas investigaciones sobre medios de comunicación (Jesús Martín Barbero) demuestran que el espacio social y las maneras de ser ciudadano pueden darse delante del televisor. Otros estudios (García Canclini) demuestran que el ser ciudadano tiene que ver más con los artículos de los que me apropio y los lugares que visito que los derechos y obligaciones de un Estado o sistema de participación política.

Ana María Portal, en un estudio realizado en el año de 1999, propone tres grandes áreas a través de las cuales se puede desglosar el espacio social de la ciudad: “los pueblos, los barrios y las colonias. En cada uno de ellos habitan grupos sociales diferenciados aunque relacionados entre sí que construyen una forma particular de ser ciudadano, de habitar la urbe, de organizarla, de mirarla” (Bayardo,1999,105)

Dentro de estos espacios en particular se da una significación al territorio de quienes lo habitan porque existe un código comúnmente aceptado por la mayoría, código que funciona como elemento de la construcción del territorio, construcción histórica “sustentada en la experiencia concreta de los sujetos, guardado en la memoria de la gente, trasmitida a través de rituales y de la tradición oral, siempre contrastando el antes y el ahora, presente en la cotidianidad de cada habitante” (Ibid. 107)

En estos tres espacios o territorios la ciudad se vuelve objeto de múltiples representaciones, las cuales podemos encontrar “en las palabras que suelen decir los habitantes de una ciudad y la relación que mantienen con ella” (Augè,1998,147)

En años recientes, Néstor García Canclini expuso dos modelos de ciudades a nivel mundial. Ciudades globales en donde “se observa un relanzamiento económico y cultural, aumenta el empleo, no solo terciario sino el industrial que estaba en declinación, se conectan nuevas redes inmateriales de infraestructura, se promueven monumentales obras públicas” (1999,167) y junto a ello, varios autores mencionan varias características de lo sería una ciudad global “a) fuerte papel de empresas transnacionales especialmente de organismos de gestión, investigación y consultoría, b) mezcla multicultural de pobladores nacionales y extranjeros, c) prestigio obtenido por la concentración de élites artísticas y científicas, d) alto número de turismo internacional” (Ibid)
Por otro lado, menciona Canclini, existen los centros regionales emergentes, en donde “la formación de nodos de gestión de servicios globalizados coexiste con sectores tradicionales, actividades económicas informales o marginadas, deficientes servicios urbanos, pobreza, desempleo e inseguridad” (1999, 168)

Esto nos permite ubicar dentro de una cartografía de modelos a la ciudad de Monterrey como un centro regional emergente. Como la mayoría de las ciudades de América Latina, Monterrey posee características muy similares a todas ellas: Buenos Aires y las barriadas, Sao Paulo y las favelas, Bogotá, Lima, Caracas, Ciudad de México, etc. características que denotan una desigual conformación del espacio urbano de acuerdo a las exigencias de un modelo económico y político que se olvida de los habitantes de la ciudad.

Primero, la ciudad fue el Barrio de Catedral, hoy conocido como Barrio Antiguo. Posteriormente, la ciudad fue creciendo y se habitó el barrio popular de San Luisito y así se generaron mas barrios al norte y poniente de la ciudad, y ya “hacia 1881, el área propiamente construida de Monterrey se extendía solo diez cuadras de sur a norte -desde el Río Santa Catarina hasta la actual calle de Aramberri- y aproximadamente quince cuadras de oriente a poniente –desde el mismo río en su tramo al norte hasta el templo de la Purísima” (Martínez,1999,81)

Hoy en día, el Barrio Antiguo representa los inicios de la ciudad y sus pobladores representan la memoria histórica de lo que fue la ciudad y a la vez, posibilitan el descubrir la mirada que tienen de la ciudad. Por ello, “en este contexto de cambios y transformaciones, no interesa tanto reconstruir la identidad del Barrio Antiguo con los elementos del pasado, sino estudiar la manera cómo los vecinos construyen hoy el sentido de pertenencia al lugar” (Canclini, 1998, 179)

Es un espacio que significa, es un territorio que identifica una parte de la ciudad que reúne historia y evoca un proyecto revitalizador para otros puntos de la ciudad.

Hay que analizar si el Barrio Antiguo aún es considerado por quienes lo habitan como un lugar o como un no lugar. Como lugar “se definirá como lugar de identidad (en el sentido de que cierto numero de individuos, siempre los mismos, puedan reconocerse en él y definirse en virtud de él) de relación (en el sentido de que cierto número de individuos, siempre los mismos, puedan entender la relación que los une unos a otros) y de historia (en el sentido de que los ocupantes del lugar pueden encontrar en él los diversos trazos de antiguos edificios y establecimientos, el signo de una filiación)” (Augè,1998,147) Por el contrario, un no lugar es “un espacio en el que ni la identidad, ni la relación, ni la historia están simbolizados” (Ibid) El lugar funciona de tres formas, “simboliza la relación de cada uno consigo mismo, con los demás ocupantes y con su historia común” (Ibidem)

Del lugar de estar al lugar de paso, o cómo la ciudad se vuelve un OCNI (Objeto Cultural No Identificado)

La Cultura de la ciudad y el consumo de la ciudad. La cultura de la ciudad, desde sus inicios, se ha asociado a la concepción clásica de la cultura como aquél patrimonio administrado por instituciones –estatales o privadas- que aseguran un acervo de significado a un territorio particular y que difunden a amplios sectores de la población.

La cultura, basada en una tesis asistencialista, se construye y se difunde, es esparcida hacia la población. La cultura en la ciudad es un concepto que flota en el aire, es un elemento separado de la vida cotidiana, es en síntesis, elemento imprescindible para enriquecer el espíritu, es la vía para abandonar la vida mundana.

Durante años, esta tesis de la cultura como algo exclusivo de cierto grupo a prevalecido en la ciudad. Por ello, la cultura en la vida urbana de Monterrey diferencia, segrega, establece fronteras –físicas y simbólicas- entre quienes portan la cultura de la ciudad y quienes tienen el derecho de vivirla.

La cultura de la ciudad envuelve a sus habitantes, los nombra, les da una identidad y pertenencia a un territorio. Hasta hoy día, la perspectiva que se ha utilizado desde el ámbito cultural para estudiar el crecimiento urbano ha sido la tesis anterior: una cultura homogénea, abstracta, excluida de la experiencia cotidiana de los habitantes de la ciudad.

Por lo anterior es imprescindible señalar que la ciudad, aún y cuando se vuelve poco a poco un lugar de paso –como los denomina Augè: los no lugares- y no sea posible señalarla como un objeto cultural, es importante identificar otro enfoque de la cultura de la ciudad, es decir, como aquella cultura construida directamente por sus habitantes, de la imagen que ellos realizan de lo urbano construida a partir del uso y la apropiación que el individuo realiza de los bienes, servicios y actividades que le ofrece su entorno, es decir, del consumo que se efectúe de la ciudad.

Con el desarrollo urbano y demográfico debe existir también el cultural. La ciudad, al igual que la cultura, debe de ser entendida como algo polisémico. Por lo tanto tiene que entenderse a la cultura como una característica propia de la vida cotidiana, es la representación del mundo, es el intersticio entre la personalidad individual y su ubicación en el espacio social urbano. La ciudad como experiencia cultural debe convertirse en un objeto cultural identificable ya que se representa desde la mirada de sus habitantes, en los lugares que visita y de los bienes de los que se apropia.

nota: agregaré las fuentes bibliográficas

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